Entonces le escribí varias veces lo que pensaba, lo que sentía, con sinceridad pude hablarle y permitirme decirle que se escapara.
No tuve otra opción. A su corta edad, tenía una carga monumental bajo sus hombros y heridas que conocía muy bien en sus muñecas.
Al mismo tiempo, me di cuenta de algo fundamental, tengo un vínculo emocional con ella.
Me pregunté varias veces, ¿por qué siento esa afinidad?
Osamos desafiar a los reyes juntxs, a tomar el poder de este barco malherido. A reconocernos como seres políticos en un mundo tan difícil.
Recordé otra mirada, otras lágrimas. El dolor ajeno a mí, ajeno a mi empatía. La acumulación sistemática de sufrimiento continuo, reviví el miedo ancestral en sus carnes.
Antes de herirla, de quebrar su alma con impertinencias, decidí tomar un respiro y reflexionar. Sentí que la experiencia había forjado un hombre valeroso, mucho más sabio ante la situación.
Tomé la batuta y le recordé lo valiosa que era ella. Las cualidades que encontraba, que opacaban totalmente los "defectos" que decía tener.
Entiendo lo que me dices, y creo que tienes razón. ¿Cuidarías un hijo conmigo? Me dijo.
Días después, lo comprendí mejor.
Este barco nunca la hundió, ella yacía ahogada muchos años atrás.
Todo cobraba sentido bajo la premisa. Llegaste del naufrago de tu vida al barco. Dependiste de él para salvarte. Ellxs te empujaron a la plancha, puede ser cierto, pero tu recreaste los tiburones de tus memorias.
Irremediablemente, corrompiste la compuerta de tu felicidad. Esa mezcla daño tu esencia, quebrantó tu ser.

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