Abrumado por el inalcanzable poder de ella, Kornak se apartó un momento. El pasado siempre lo intentaba alcanzar pero él miraba al frente. Nuevamente sonreía. Era un placer para Kornak sentir que el destino existía y que en esos momentos que pasó, los primeros días con ella, todo debiese estar destinado. Pero no era así. Kornak ahora sabía que nunca hubo un destino, que al contrario de su pensamiento, fue más una causalidad de las cosas que llevo a lo que ocurrió. Y lo peor del momento es que no era ni la mejor versión de sí mismo. ¿Qué había ocurrido?
La guerra imperial había terminado en un dudoso acuerdo con el imperio y la sociedad unida. La armonía en los pueblos empezaba a ser lo que para Kornak era solo el ojo del huracán. Un paso en falso y la guerra empezaría en realidad.
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