Un nuevo reino se alzaba en el horizonte. La promesa de la guerra se hacía vigente en cada discurso y el pueblo se desmoronaba a tajadas con insatisfacciones perdidas. Las palabras resonaban en cada oído oculto en las regiones del reino. Solo nosotros teníamos el poder, ese de levantar las masas alzadas en voluntades fuertes y duraderas. Solo nosotros teníamos la capacidad de cambiar el rumbo al que nos había maldecido el nuevo rey.
La llamada de auxilio vino desde el sur. Los lugareños no podían sostener las amenazas a las que habían sido sometidas. Se corrió la voz. Cada llamado fue llegando desde el más pequeño pájaro hasta la más grande carreta. Sin embargo, se mantuvo en silencio cautivo mientras las fuerzas aliadas lograban organizarse.
Todo fue incierto. Nadie tenía una lista ni ningún acumulado aproximado de quienes responderían al llamado de auxilio, pero ese no fue motivo para que nuestra particular camada corriera al llamado. Nuestra pequeña cofradía se envolvía en la capital del reino. Y ya varios de mis compañeros más cercanos habían desertado. Del grupo personal al que fui asignado, solo quedaba yo. Por ello, acudir al llamado me costó la soledad de un viaje que tuve que compartir con el resto de la camada. Una hermandad anudada a los ojos de la señora de la noche.
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