A veces el silencio es tranquilizador. Es una melodía que acaricia la mente cuando esta basta del delirio, del ruido. Y si somos seres profundos, el silencio, es paradójicamente, un sonido... el sonido del vacío.
El silencio es entonces una mezcla de melancolía y armonía. Más aún, es un sentimiento de respeto. El mismo que muchas especies de animales demuestran al morir alguno de sus compañeros, siendo el mejor ejemplo, los cuervos.
Es por eso que quisiera hablar un poco de las últimas veces que he soñado despierto, teniendo presente que lo que soñaba no era ni por asomo, salido de los cabellos. Mis sentimientos no eran realmente los de una tragedia poco anunciada, sino de algo que se avecinaba, algo posible. Eran ya varias siluetas las que veía al rededor, casi nadie conocido. Sin embargo, a mi lado una persona que reconozco muy bien. Mi mejor amigo estaba igual que yo, callado. Observando. En el modo serio que nos obliga la situación. El respeto se extiende por todo el cementerio o el recinto donde nos encontramos. Solo puedo pensar que no era una persona muy importante para ninguno de los dos, pues no lloramos. Solo teníamos sentimientos de melancolía.
Asocio esta información a algún profesor querido, o algún compañero. Puesto que no imagino que sea alguien de gran relevancia para nuestra vida. Y sin embargo, siento que debería reconocer la persona postrada en la fotografía frente al ataúd. Quizás era alguien incomprendido al que nuestra nobleza entregara la amistad que nos caracterizaba pero no logro pensar por qué la persona en la que me he convertido, no puede invertir su tiempo actual en un saludo simple.
Ese es uno de los presentimientos que depara el año. No tenemos otra opción que asistir al silencio de aquel día.

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